
Cuando la realidad nos asalta
Una experiencia de inseguridad urbana se convierte, inesperadamente, en un camino de conciencia y humanidad. Entre el miedo, la fragilidad y la oración, aparece la intuición de que ninguna vida queda fuera de un abrazo más grande.Salir de la ciudad de Buenos Aires un viernes a la tarde es una verdadera prueba a la paciencia. Así que cuatro de casa salimos con tiempo para poder estar un rato antes de que comenzaran los Ejercicios de la Fraternidad.
El embotellamiento era peor de lo que esperábamos y nos entregamos a seguir un atajo que nos indicaba el Google Maps. El paisaje cambió de repente y nos vimos obligadas a ralentar la marcha en medio de una villa. Igual que en los noticieros y en las películas, cinco jóvenes encapuchados y con armas nos asaltaron. Nos apuntaron, nos abrieron las puertas, quitaron la llave del auto, algunas pertenencias, plata, y se fueron corriendo. Poco después, recuperamos la llave.
Pasan cosas raras en la propia mente cuando la realidad nos “asalta”. Por mi parte, me sorprendí bastante calma, pero cuando bajé del auto al llegar al retiro, me temblaban las piernas.
El hecho, por supuesto, dio para mucho hablar, analizar y también para sentir la calidez de los amigos al llegar al lugar de destino. Pero lo que más me interesa es lo que fui descubriendo después.
La primera cosa fue que el episodio me reseteó: disolvió las varias preocupaciones intrascendentes que traía. Es cierto que no pude tomar apuntes hasta muy avanzada la introducción, pero toda yo era solamente oídos. “Sólo la realidad me saca a la luz más allá de lo que yo piense”, decía Prades, “la realidad es nuestra aliada sublime para desplazarnos”. La realidad me había puesto en modo necesidad y escucha.
Del retiro, podría señalar muchísimas cosas. Quizás, lo más fuerte y hermoso fue el poder ver con cierta lucidez mis miserias, una por una, siendo tiernamente abrazadas en cada palabra, cada canto, cada encuentro, cada silencio. Pero lo que quisiera retener ahora es la conmoción al darme cuenta de que en cada rezo y en cada misa estaba ofreciendo mi corazón junto al de los asaltantes y al de un par de personajes que habían acudido al lugar del robo. Era tan clara su vulnerabilidad, su fragilidad, como era clara la mía cuando nos apuntaban con armas y se cruzaban por mi cabeza pensamientos tan triviales que no estaban a la altura de un “estar a punto de morir”. Iguales, ellos y yo.
La conmoción es darme cuenta de que ellos se clavaron en mi corazón y se quedaron ahí, ya son míos. Sin programarlo ni meditarlo (porque si fuera por los pensamientos, yo llegaría a lo sumo a ofrecer un interesante diagnóstico sociológico y cultural de estos pibes y a preguntarme qué se podría hacer por ellos). Pero la mirada de Cristo, sorprendida en uno, es otra cosa: abraza hasta la eternidad. Ofrecer mi corazón y el de ellos –y el de otros- en cada misa, es el gesto más realista, razonable y sorprendente que puedo cumplir. No es una cuestión ni de generosidad ni de soluciones, sino de eternidad. Y me impacta eso: Cristo tiene que ver con la eternidad de las cosas, de cada cosa así como está; no con la solución.