¡Dios mío ven en mi auxilio…!!!

El testimonio de una amiga relata cómo un encuentro transforma la mirada sobre la propia historia, abriendo un camino de confianza y descubrimiento del Destino. El contenido del encuentro inicial irá emergiendo poco a poco…
Agustina Carrabs

Conocí al movimiento a través de quien es ahora mi esposo, Fernando. En ese entonces, yo era una advenediza en Córdoba, me había ido de mi Santa Fe natal para realizar la residencia en Cirugía de Tórax. Venía yo de una familia profundamente católica, pero después de muchas desilusiones y contradicciones, que juzgué en su momento irreconciliables con mi carácter, había decidido ir por otro camino: el mío, hecho a mi medida, ajustado a mis comodidades, conveniente y cómodo. Como mujer, haber logrado moverme en un círculo profundamente machista, me había hecho dura y difícil de acceder. El constante contacto con la muerte y el dolor ajeno me hizo inflexible, sin tolerancia al error o a la duda. Con una profunda repulsión ante la debilidad personal y la falta de control.

Entonces conocí al hombre que terminó encarnando el llamado de Dios en mi vida. No hizo falta agotar la herencia para volver al Padre. Bastó con que alguien me mirara y me amara como Él lo hace. La primer iniciativa de Fernando fue invitarme al movimiento. Yo lo amaba profundamente, pero también me amaba a mí misma y a mi manera de pensar. Así que su iniciativa no me atrajo demasiado. Sin embargo él, que me conocía y sabía que la lógica y la razón siempre habían sido mis estandartes, me sedujo con la idea de una discusión intelectual y filosófica, a la que no podía negarme. Giussani tenía una forma de escribir, una precisión para el pensamiento lógico y un fervor para la expresión con el que me sentía a gusto, pero no embelesada. Lo que sí me admiraba era este hombre, que quería compartir conmigo esto tan importante que había cambiado su vida. Y no me imaginé que esa sería la puerta para conocer a una nueva familia.

Durante los encuentros de Escuela de Comunidad, a los que asistí escasamente al principio y luego con más frecuencia, fui acercándome lenta y cautelosamente a ese Dios al que en mi adolescencia di la espalda sin ningún remordimiento. De repente, había un lugar donde, aún siendo escéptica, Dios se hacía presente a través de simples personas y me brindaba su calidez, me daba su bienvenida, como si nunca me hubiera ido. Como si lo anterior fuera un mal sueño. Pero no lo era. Y yo era terca.

En enero del dos mil veinticinco, después de mis primeras vacaciones con el movimiento, estando en Santa Fe y disfrutando del resto de mi licencia con mis amigos y mi futuro esposo, mi padre se infarta. No fue un infarto leve, fue severo. Requirió una intervención que le costó gran parte de su función cardíaca. Como estaba con licencia pude estar con él y acompañarlo como médica y como hija. Pero aquí vino la primer lección: la pérdida del control. Mi padre estaba internado en un sanatorio donde yo no podía dar órdenes. Con una patología que no era mi especialidad. Y aunque mi razón intentaba mantener la calma y ser lógica, estaba francamente asustada. Mi madre y mis hermanos se apoyaban en mí. Me veían como la autoridad que entendía lo que estaba pasando y la guardiana de que se hiciera lo que había que hacer. Yo me apoyaba en Fernando, en ese hombre que me había vuelto a presentar a Dios.



Mi padre se infartó la madrugada de un martes. Tenía previsto el segundo cateterismo el viernes por la mañana. El jueves a la tarde, con Fernando decidimos visitar a un amigo del movimiento en la ciudad de Esperanza. Allí conocimos también la Basílica de la Natividad de la Santísima Virgen. Caminando por los pasillos, admirando los vitrales y las columnas, me detuve ante la estatua de San José. Una leyenda al pie me heló la sangre: Patrono de los enfermos y moribundos. Moribundos. Con esa intuición extraña que desarrollamos los médicos, medio ojo clínico medio esoterismo, sentí un peso enorme en mi estómago y lo primero que pensé fue “No”. No. Como si yo aún en mi ilusa condición de criatura pudiera mandar sobre lo inevitable. Segunda lección: aceptar el designio de Dios con humildad.

La mañana del viernes ingresaron a papá para colocarle el segundo stent. Procedimiento sin complicaciones, como solemos poner en la foja quirúrgica. Lo vimos con mamá en el postoperatorio inmediato y lo ayudamos a comer. “Me duele un poco el brazo” dijo, como al pasar. Nos fuimos de allí tranquilos, pensando que quizás el fin de semana podríamos comer todos juntos en casa. Poco sabía yo. A las dos de la tarde llamó mi hermano desesperado: “papá esta grave, dicen que vayamos urgente.” Los médicos sabemos que cuando te llaman urgente de terapia intensiva, es porque alguien se está muriendo. No hay otra razón. Mientras me subía al auto recordaba todo lo vivido esa mañana. Y a San José. El guardia de seguridad nos estaba esperando en la puerta. Muy mala señal. Subimos las escaleras y nos salió al encuentro el residente de guardia de la terapia intensiva. “Hugo tuvo un paro cardiorrespiratorio. Logramos sacarlo del paro, pero está muy inestable. Su función cardíaca está muy deteriorada y subimos las drogas para mantenerlo con vida.”

¿Qué pasó? ¿Por qué? Fernando tomó el control de la situación preguntando valores de laboratorio, ecocardiogramas, dosis de vasopresores. Yo estaba paralizada. Fer se ofreció a buscar un sacerdote para que le diera la Unción de los enfermos. Accedimos. El sacerdote que vino se llamaba Fernando (como mi novio) y traía en sus manos una estampita del bendito San José. Esa noche llevamos a mamá a casa. Allí estaban mis tíos y mi abuelo materno, con el rosario en la mano y la estatuilla de la Virgen de Guadalupe. “Vamos a rezar” dijeron, y desde allí comenzó la costumbre diaria de rezar el rosario después de la visita. Fer mandó a todos sus conocidos y amigos del movimiento el pedido de cadena de oración por mi padre. Tercera lección: Dios pone en tu camino la gente justa.

Todos estábamos demasiado tristes y con demasiado miedo, así que nos quedamos juntos. Mis hermanos, adultos con sus trabajos y sus responsabilidades, volvieron a ser niños pequeños y a mirarme en busca de respuestas que no tenía. Eran pasadas las diez de la noche cuando sonó el teléfono. Nunca voy a olvidar ese ringtone genérico de Samsung, la sensación de tener el corazón en la boca. Atendí y escuché la voz temblorosa y llena de pesar que tenemos los médicos cuando tenemos que dar una mala noticia a un colega. El residente me anunciaba “Hugo no está respondiendo. Su presión sigue cayendo y ya no podemos hacer nada más para mantenerlo con vida. Vengan.” Le faltó decir “a despedirse” o yo no lo escuché. Y fue en esa desesperación absoluta que sentí una voz en mi cabeza que decía: “No cierres los ojos. Mirá y creé”.

Honestamente pensé que estaba alucinando. Mi mente racional decía “Estoy teniendo un brote psicótico”. Pero había algo en mi corazón desesperado, algo que era más fuerte que cualquier explicación médica. Cuando recuerdo ese momento, entiendo la frase: “Y los discípulos creyeron en El”. Mientras escribo esto desde el quirófano del hospital me viene a la mente la escuela de comunidad pasada, con la frase de Pedro “Nosotros tampoco entendemos lo que dices Maestro, pero si nos vamos ¿A dónde iremos? Solo Tú tienes palabras de vida eterna”. Así estaba yo ese día, no entiendo esto que escucho, pero si no creo, ¿qué otra cosa me queda?

Salimos hacia el sanatorio nuevamente. Íbamos en silencio. Mis tíos se quedaron en casa rezando. “Vamos a verlo cuando vuelva, porque va a volver”, decían. Llegamos y subimos con mi madre. Ella lloró y colgó en el pie de suero un rosario que le habían regalado del Santuario de la Virgen en Medjugorje, su estampita de San José y una foto de la hermana Cecilia María, de la que mi tía había escuchado hablar y que había impreso a las apuradas, recomendándonos que la peguemos en la cabecera de la cama. Y así hicimos. Y mientras mamá le tomaba la mano y rezaba, yo dejé de ver lo monitores y las bombas, le tomé la otra mano y le dije: “Papi, fuiste el mejor papá que cualquiera puede tener. Si querés irte y descansar hacelo, ya sufriste toda tu vida y mereces estar en paz, no tengas culpa ni miedo. Pero si querés quedarte, no va a ser un camino fácil. Va a ser lento y va a costar un montón. Pero acá estamos nosotros, para transitarlo con vos y acompañarte. No vas a estar solo.” Solté su mano, le di un beso en la frente y le dije que lo amaba. Y me fui.

Mientras volvíamos a casa, el auto estaba en silencio. Hasta ese momento yo no había hablado directamente con Dios. Había rezado, pero no había pedido. Y en ese camino por la ruta uno, me puse en presencia del Señor y dije: “Yo no soy digna de pedirte nada. Solo te pido que respetes su voluntad. Si él quiere quedarse, dejalo. Pero que se haga lo que vos consideres mejor para él.” Cuarta lección: Que se haga tu voluntad. Y recordé la voz que había escuchado antes: “Mirá y creé”. Y me llené de paz. Porque finalmente mi cabeza terca había entendido que debía ofrecerle todo a Dios. Y poner en sus manos mi sufrimiento y el de mi padre me alivió enormemente.

A la mañana siguiente me desperté por costumbre a las siete de la mañana y miré el teléfono, asustada. No había sonado en toda la noche. “Si no sonó está vivo”, me dije. Era sábado y fuimos al parte de la mañana. Fuera del sanatorio, familiares y amigos sosteniéndonos. Conocimos a Eliana, la intensivista que pasaría a ser la médica a cargo de mi padre y quien lo sacó adelante. No solo no había muerto, sino que mostraba signos de mejoría. Empezaba a estabilizarse y sus órganos estaban soportando el shock de buena manera. Nos quedamos sorprendidos, y se me grabaron en la mente las palabras que escuché, el tono y su contenido. “No cierres los ojos”. No hay explicación médica alguna para la supervivencia de mi padre. El milagro se manifestaba contundentemente. El avance era hora a hora y el pronóstico, si bien malo, mejoraba lentamente.

El domingo organizamos una Misa en la Iglesia del Sagrado Corazón. Nuestros amigos del movimiento asistieron y nos acompañaron, los que no pudieron asistir estuvieron presentes en la oración. Toda mi familia asistió y por primera vez en años, sin diferencias de por medio. Le ofrecimos a Dios nuestra vida, nuestras esperanzas, nuestros anhelos. Y por primera vez en diez años, me confesé y volví a comulgar. Rodeada de amigos. Rodeada de amor. Aún en el pozo más oscuro, Dios se hace presente. Incluso en la más absoluta desesperación. A pesar de no haber sido la mejor hija, no soltó mi mano. Me acordé de las primeras estrofas del Magnificat: “Mi alma canta la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador, porque ha mirado la humillación de su esclava”. No podía dejar de maravillarme de ese amor perfecto, encarnado en esas personas, que sólo me habían visto una vez en su vida, pero rezaban por mi padre como si fuera el suyo.

Poco a poco, paso a paso, papá iba mejorando. Fue una evolución lenta, llena de baches, que documenté en los mensajes de whatsapp que mandaba a su celular, explicándole todo lo que había pasado para cuando estuviera consciente y pudiera leerlos. Porque él tenía que conocer lo increíble de este viaje. Lo milagroso de su existencia. Muchas cosas podrían haber salido mal. Sin embargo, salió de ese sanatorio entero, siendo mi papá. Con sus mismas expresiones y enojos. Con su mismo amor. Y con un corazón que, aunque enfermo, le permite vivir una vida normal.



Cuando logró salir del sanatorio finalmente y volvió a casa, volvimos a respirar. A la vida como la conocíamos. Planifiqué mi casamiento, y el día que me entregó en el altar se sintió como un sueño. Hoy escribo esto con lágrimas en los ojos, porque se siente tan vívido como si hubiera sido ayer. Aún se siente el dolor, y aún se siente la felicidad. El poder del milagro. Dios me enseñó en mi idioma. Necesitaba una cachetada para entender, no una caricia. Necesitaba el dolor, ese idioma que había hablado con otros, pero no conmigo. Necesitaba derrocar la razón y para eso necesitaba que mis trece años de estudio en medicina se fueran por el caño. Necesitaba un milagro.

El movimiento fue una pieza clave en mi historia de conversión. Sin mi esposo y sin nuestros amigos, no hubiese podido encontrar la maravilla de esta experiencia. Verdaderamente, fue la comunión con ellos en la persona de Cristo la que guió mi espíritu. Y me liberó de las cadenas de mi propio ego y escepticismo. Agradezco infinitamente a estos amigos que me han brindado su caridad, fe y esperanza en el momento más difícil de mi vida. La respuesta al salmo treinta y nueve: “Dios mío ven en mi auxilio. Señor, date prisa en socorrerme”. Gracias Cristo por darte prisa. Gracias Giussani por ayudarme a entenderlo.