El mal no tiene la última palabra

Ante el terrible hecho ocurrido en San Cristobal (Santa Fe) donde un alumno adolescente dispara con un arma de fuego contra sus compañeros del colegio, provocando la muerte de uno de ellos e hiriendo a otros… ¿cuál puede ser nuestra contribución?
Leandro Sarmiento

Hay hechos que rompen cualquier intento de explicación. Lo acaecido recientemente en una escuela de Argentina —en la cual un alumno adolescente disparó con un arma de fuego contra sus compañeros, provocando la muerte de uno de ellos e hiriendo a otros— nos coloca brutalmente frente a esta evidencia: el mal, cuando irrumpe así, intempestivamente, no se deja encerrar en esquemas interpretativos.
Podemos buscar causas, reconstruir los hechos, analizar contextos —algo siempre necesario—, pero tenemos que bajar hasta el abismo de un corazón humano que es capaz de todo. Porque no estamos ante un problema técnico ni ante una simple desviación corregible: estamos ante una herida que atraviesa lo humano mismo. Intentar explicarlo demasiado rápido se corre el riesgo de ser injusto, casi como si quisiéramos domesticar el dolor.
La primera reacción verdaderamente humana es otra: el impacto, el dolor, la impotencia. Una comunidad entera que se pensaba tranquila, donde nunca había pasado algo así, se descubre de golpe vulnerable, expuesta a una violencia que parece no tener sentido. Esa experiencia no es secundaria: es el punto de partida más honesto. Porque el mal no se comprende desde afuera; se sufre.

Sin embargo, rápidamente aparecen apuradas interpretaciones. Se habla de acoso, de acceso a las armas, de fallas institucionales, de señales que no fueron escuchadas… Incluso surgen indicios de situaciones de hostigamiento previas. Todo esto puede aportar elementos valiosos, pero ninguno alcanza el fondo de la cuestión. El riesgo es que, al multiplicarse los análisis, terminemos perdiendo contacto con la gravedad real de lo ocurrido.
En este sentido, el hecho pone en evidencia algo más profundo: el vacío de sentido que atraviesa nuestra cultura. No se trata solo de un caso extremo, sino de un síntoma. Vivimos en un contexto donde la vida muchas veces aparece desprovista de significado, donde las preguntas más radicales —¿para qué vivir?, ¿qué valor tiene el otro?, ¿qué significa el dolor, la muerte?— quedan silenciadas o banalizadas. Ese vacío no perdura sin consecuencias.



Por eso, la conmoción que generan estos hechos también revela una dificultad más amplia: la impotencia educativa. Como adultos, como sociedad, experimentamos que no alcanzan las herramientas que tenemos para proponer a los jóvenes un camino positivo, a la altura de los deseos profundos del corazón humano. No se trata solo de normas o controles, sino de algo más esencial: la capacidad de ofrecer un sentido.

Pero aquí aparece una evidencia decisiva: no se puede educar si uno mismo no está en camino de educar-se. Ninguna estrategia educativa será suficiente si no nace de una experiencia viva, de adultos que no han renunciado a buscar el significado de su propia vida. La verdadera educación no consiste en transmitir respuestas prefabricadas, sino en acompañar una búsqueda que uno mismo está realizando.



Por eso, el problema del sentido no es una cuestión secundaria. Es el punto central. Cuando esta pregunta se debilita o se eclipsa, todo el entramado humano —personal, educativo, social— se vuelve frágil.
En este contexto, el tiempo que atravesamos —marcado por la Semana Santa— se presenta como una oportunidad singular. No como un discurso religioso abstracto, sino como la posibilidad de volver a empezar un camino humano. La afirmación de que el mal no tiene la última palabra no surge de un optimismo ingenuo, sino de la experiencia de una presencia que entra en la historia y atraviesa el dolor sin negarlo.

Nuestra contribución, entonces, no consiste en agregar un análisis más a los ya existentes. Tampoco en buscar respuestas rápidas que tranquilicen la inquietud. Consiste, más bien, en aceptar el desafío que estos hechos nos plantean: volver a tomarnos en serio la pregunta por el sentido, dejarnos interpelar por el dolor, y comenzar —o recomenzar— un camino humano verdadero.
Solo desde ahí puede nacer algo nuevo. Una forma distinta de estar frente al mal: sin negarlo, sin reducirlo, pero también sin concederle la última palabra.
Existe un lugar donde mi yo, mi persona, es despertada y abrazada: una simple amistad siempre en camino.