
Un gesto que hace visible la esperanza
En medio de un tiempo marcado por la incertidumbre, la Jornada de Donación de Medicamentos del Banco Farmacéutico Argentina volvió a ser signo de algo nuevoMañana fría en Ciudad de Buenos Aires. Pocos peatones por la calle. Poco movimiento el sábado 6 de septiembre en la que decenas de voluntarios apostados en diversas farmacias se unieron para recolectar medicamentos de venta libre destinados a hogares y personas en situación de vulnerabilidad.
En tiempos en que la desconfianza y el desencanto parecen ganar terreno, la JDM volvió a recordarnos que la solidaridad sigue viva. Y más allá de los números, lo verdaderamente significativo fue lo que sucedió en el corazón de quienes participaron.
El bien no depende de nuestra eficacia, sino de nuestra disponibilidad
Francisco se sumó como voluntario solo porque lo invitó Alicia y cuando ella se fue, sintió que iba a fracasar. A medida que la caja de donaciones se iba llenando con la ayuda de los empleados de la farmacia que invitaban a los clientes a participar, reconoció que “fue una gran provocación constatar que lo que sucedía no se trataba de afirmarme a mí mismo. No logré ser el gran voluntario ni convencer a nadie para que colaborara; en ese sentido no tuve éxito. Di un sí muy pequeño, muy humano, pero de ese sí se sirvió Dios para hacer algo mucho más grande”.
Ese “sí” que parece insignificante es el lugar donde Dios actúa. La Jornada no depende de la fuerza de los voluntarios, sino de esa disponibilidad que permite que Otro obre.
Para Marisa, conmovida por haber acompañado a Agustina, una joven que hacía su primer voluntariado, “no se trataba de esperar el éxito, sino de entender que en el gesto de caridad interviene Dios”.
Un rol fundamental cumplen los empleados de las farmacias, que sostienen, acompañan y colaboran con los voluntarios no solo invitando a los clientes a donar sino también haciéndolo ellos mismos.
Una experiencia que moviliza
Beatriz ya lleva cuatro años participando porque considera que es una experiencia digna de ser vivida: “Esta jornada nos moviliza a un amor más genuino, ya que tenemos al otro cara a cara y sabemos de las necesidades de la gente del hogar, nos damos cuenta de que hay un espacio para volver a ser humanos. Hacer la jornada es una acción concreta de esperanza”.
Ana, que vive en Pergamino, pero de casualidad ese sábado estaba en CABA, se sumó como voluntaria: Me impresionaba ver que la gente entraba a la farmacia con su problemática, obnubilada, y luego salía de donar dando una palmada y agradeciendo. Subí a mi estado lo que estaba haciendo y una amiga de Pergamino donó a través de mí. Fue muy impactante todo”.
Así, en la simple puerta de una farmacia, el misterio de la caridad se hacía visible: no es sólo lo que damos, sino lo que somos invitados a descubrir en el otro.
Juan Ignacio reconoce que “el valor de esta experiencia está en entregarse un poco, dar nuestro tiempo y también darle a otro la oportunidad de hacer algo bueno aun estando distraído” y Carlos agrega que “cobra mucho sentido esto de donarnos, preguntarnos por qué lo hacemos y, sobre todo, preguntarnos sobre el sentido de la vida”.
Yexalen es estudiante de diseño de la Universidad Austral. El año pasado hizo un workshop para colaborar con la difusión de la campaña del BF y este año quiso hacer la experiencia del voluntariado para colaborar y para poder ayudar desde el diseño en el futuro. “Fue una muy bella experiencia”, remata.
“Los jóvenes son la confirmación del camino”, añade Lalo, “su frescura y sensibilidad hacen florecer esta propuesta que no envejece, porque siempre remite a una fuente viva. Esto del donar nos hace bien, me recuerda a la jornada de los jóvenes donde se dijo que el mundo necesita ser sanado, pero también yo necesito ser sanado...Agradezco yo también esta experiencia vivida”.
Los testimonios se repiten con un mismo hilo invisible: la sorpresa ante una humanidad nueva que surge en el encuentro. “Me encontré haciendo lo que no sabía hace: pedir” comenta todavía sorprendido José Luis. “Las personas más humildes fueron las que más donaron, me enseñó a no prejuzgar”, contaba Silvana.
En este gesto sencillo, casi escondido, de pedir para otros todos reconocieron la presencia de un bien más grande. Porque cuando uno se ofrece, aunque sea con un pequeño “sí”, algo sucede: el corazón se ensancha y el mundo se vuelve más humano.
La Jornada en Venado Tuerto, Santa Fe
Para Laura y su equipo en Venado Tuerto, la jornada fue también una escuela de comunión: “Ver a los chicos del colegio participar con sus padres, las entidades sumarse, fue una verdadera fiesta. Más allá del resultado material, lo que prevaleció fueron las relaciones humanas.” Como explica Jorge “No deja de conmoverme cómo uno con sus miserias hace un pequeño aporte, pone los dos pescados y luego el Señor multiplica los panes y da comida en abundancia”.
Oscar, uno de los responsables nacionales, lo sintetizó con lucidez y emoción: “En la era de los recortes, donde se dice que todo está mal, una vez más nos sorprende la generosidad del pueblo. Lo que queda no son los números, sino esa Belleza que excede nuestras limitaciones y capacidades, que no es nuestra. Es en el encuentro con el otro que se establece como una trama, un tejido de la realidad, donde comenzamos a entender que no podemos pretender del otro más de lo que pueda dar y a entrever el significado de la palabra Caridad”.
Así, la Jornada de Donación de Medicamentos vuelve a ser mucho más que una colecta: es un gesto de comunión, una acción concreta de esperanza, un espacio donde Cristo se deja ver en el rostro del otro. Porque cuando uno se pone en juego, aunque sea por un instante, descubre que el bien no es una idea, sino una Presencia que acontece, y que —como decía uno de los voluntarios— “nos hace volver a ser humanos”.