Un pecador mirado por el Señor

El guardia de una cárcel argentina decide llevar a su lugar de trabajo la exposición sobre Bergoglio titulada “Gestos y palabras: una presencial original”. Tras compartir la muestra con los presos, escribe esto:

Atravesar una pandemia mundial no fue fácil pero atravesarla en un contexto de encierro fue realmente difícil. Surgió la pregunta: ¿cómo vivir todo esto en una cárcel? Cuando la realidad pone de manifiesto la intensidad de las preguntas se hace más fuerte la cuestión de qué es lo que sostiene nuestra vida, qué es lo que da esperanza, cómo seguir viviendo.

Y en medio de tanta oscuridad, en el medio de la crisis sanitaria, surge un hecho imponente, la imagen del Papa Francisco rezando solo en San Pedro, bajo la lluvia, llevando una cruz. Impactante. Pero no la lleva solo, yo también lo ayudo, todos estamos con él. Me surge otra idea que comienza a tomar forma. Si lo que yo sigo me ayuda a levantarme por las mañanas y mirar las cosas de un modo nuevo de forma tal que no pesan tanto, ¿cómo no compartirlo con los demás, especialmente con los que sufren?
Primero lo dialogo con un amigo de la escuela de comunidad que enseguida me da su «sí». Sin ayuda hubiera sido imposible embarcarme en la iniciativa: presentar notas, afrontar problemas, la burocracia que obstaculiza. Me dicen: « ¿Una muestra? ¿En la cárcel? ¿Estás loco?». « ¿Por qué no?» respondo sin dudar. « ¡También estamos en el mundo!».
Hasta que llegó la respuesta: «Cristian, autorizaron la muestra. ¿Cómo seguimos?». Nuevamente mi movimiento inmediato fue buscar ayuda en los amigos que enseguida dieron su “sí”. Sin una compañía todo resultaría más difícil y me conmueve constatar que estos amigos están.
Llegó el día tan esperado. Se arma la estructura, participan los guardias, la seguridad. Un montón de detalles a tener en cuenta. Toca comenzar pero ese día llueve torrencialmente y el que tenía que comenzar a guiar se enferma. ¿Suspendemos? ¿Comenzamos? ¡Ninguna duda! Si llegamos hasta acá… la guío yo mismo. Me dirijo al lugar y ya encuentro a algunos internos esperando. Son 8 y están cursando la escuela primaria.

Comenzamos el recorrido.
Un interno vuelve sobre uno de los paneles y le dice al otro: «Vení, mirá, fíjate lo que dice de los pecadores. ¿Ves?». Y comienza a leerle. Claro, no todos saben leer.
Después llegan los que están cursando el secundario, son una decena. Noto que miran mi uniforme así que arriesgo y les digo: «No miren mi uniforme, no me miren a mí, miren la muestra, escuchen el mensaje que se transmite». Les pido que no sean prejuiciosos como lo soy yo. Llegamos al panel en el que se reflejan los años de oscuridad del Papa en Córdoba y uno espontáneamente exclama: «¡Mirá! ¡El Papa estuvo casi preso! ¡Como nosotros!». El asombro es la constante en todos los internos que se acercan a la muestra.

Llegamos al cuadro de la Virgen. La Virgen nos protege. «Hay que dejar pelear a Dios por nosotros y la Virgen es el refugio en los momentos más oscuros», les digo. «¿Acaso no se han encontrado solos en la celda en los momentos de oscuridad?» les pregunto. Asienten con la cabeza y en silencio. Se impone el silencio. Algo está sucediendo. Unos minutos después, uno pregunta: «¿Puedo anotar lo que dice en los paneles? Quiero llevarme algunas frases». Comienzan a sentarse en el piso y a anotar en silencio las frases que los impactaron. Parecen chicos en una escuela. Se escucha al guardia decir: «Listo, muchachos, ya está, hay que irse» pero todos tratan de robar un minuto más para seguir copiando frases, para llevarse algo de lo que estaba pasando.

Tomé el recaudo de llevar algunos ejemplares de la revista “Huellas” y se las ofrecí cuando se estaban yendo. Se amontonan para recibir una y algunos piden ejemplares adicionales «para los otros pibes».
Mismo asombro, mismo silencio en todos los grupos. A los del secundario les hago una explicación sobre la Basílica de Aparecida y miran asombrados las imágenes y el video. Reaccionan con exclamaciones diversas: «¡Qué hermoso!» «¡Mirá eso!». Ojos abiertos clavados en las imágenes, silencio, concentración para escuchar las palabras. Ya se están yendo, se me acerca uno de los más mayores, tal vez de unos 60 años y sin decir nada, me aprieta la mano fuerte y asiente con la cabeza como diciendo «gracias». Atino a decir: «Gracias por venir».

Ni bien tengo un momento entre los grupos mando un mensaje de audio de whatsapp a mi grupo de Fraternidad: «acá está pasando algo» y me conmuevo.
Muchos hechos, algunos pequeños, casi imperceptibles para la mayoría me tocaron el corazón. Por ejemplo, cuando uno de los internos me preguntó casi al pasar: «Jefe, ¿cómo puedo hacer para ir a la Iglesia?». O pensar que solo el primer día de la muestra, los internos se llevaron casi 40 ejemplares de la revista Huellas. O también cuando se nos cayó un cartel y lo pusimos de vuelta precariamente como pudimos. Al día siguiente, vuelvo preocupado para arreglarlo pero ya estaba perfectamente colocado, muy prolijo y yo no lograba dar con el que lo había hecho hasta que para mi sorpresa, uno de los internos me reveló que había sido él. Este último hecho me provocó particularmente porque con este interno habíamos tenido un diálogo en el que me había dicho que él no creía en la Virgen, con lo cual deduzco que tampoco debe aceptar la autoridad del Papa. Surge inevitable la pregunta: ¿por qué arregló el cartel sin que nadie se lo pidiera y sabiendo que nadie le iba a dar nada a cambio?

Los días se suceden y el lugar donde se encuentra la muestra cobra más vida, más color. No era un lugar particularmente arreglado, sin embargo, poco a poco, el personal de la cárcel por propia iniciativa comienza a mejorar el aspecto de todo: colocan más luces, decoran la entrada con plantas. No se ve normalmente este tipo de atención en una unidad penal.
La muestra comienza a ser el centro de la vida de este lugar. Llega un agente con los internos para que vean la muestra, yo le agradezco y le digo que ya se puede ir a la casa, que yo me hago cargo del grupo. Para mi sorpresa, me responde que él también quiere recorrer los paneles y escuchar la guía. Se queda, sigue todo con mucha atención.

Llega un interno que ya vio la muestra y pide permiso para volver a recorrerla con otro guía. Lo autorizo, claro, sin problema pero le pregunto por qué quiere hacerla de nuevo y me responde: «porque seguro que hoy aprendo algo nuevo» y va contento a unirse al grupo que empieza. Aprendo yo también a esperar, a darme cuenta de que todos los días acontece algo nuevo.

Salen contentos, y de nuevo uno de ellos señala la revista Huellas «¡mira, llevo para el pabellón!! ¿Puedo?» «Llévate las que quieras» le digo, y sacan las revistas. Las Huellas circulan en la cárcel como nunca.