Elegidos en la fragilidad
Querido Director:
Fui al cine a ver Proyecto fin del mundo con una intención bastante simple: entretenerme. Me gusta la ciencia ficción y esperaba una historia interesante, con algo de humor y aventura. Pero me encontré con una película linda y entretenida, sí, aunque también con un contenido inesperadamente significativo, que me dejó pensando varios días.
En especial me identifiqué con el protagonista en varios aspectos. Es un personaje que tiene algunas capacidades, pero también muchas limitaciones. No es un héroe en el sentido clásico, ni alguien que uno imagine capaz de “salvar al mundo”. Y en eso me vi reflejado. Yo tampoco me considero alguien con cualidades extraordinarias ni con la capacidad de cambiar la historia.
Sin embargo, lo que más me conmovió fue caer en la cuenta de que, aun con todas mis limitaciones, el Señor me ha elegido para ser parte de su obra de salvación. No porque sea capaz, sino porque Él lo quiso. Y esa elección no elimina mis fragilidades, pero les da un significado nuevo.
Otro aspecto que me llamó la atención fue la compañía. En la película, el protagonista se encuentra acompañado por un ser completamente distinto a él: un extraterrestre. No lo eligió, no lo buscó; simplemente se lo encuentra en el camino. Y, sin embargo, esa compañía se vuelve decisiva para cumplir la misión que ambos tienen.
Esto me hizo pensar en la experiencia cristiana y, en particular, en la experiencia del movimiento. La compañía no es algo que uno diseña o selecciona según sus preferencias. El Señor es quien elige a las personas y las pone a nuestro lado. Y muchas veces son muy diferentes de nosotros. Pero esas diferencias se allanan cuando aparece un objetivo común, cuando se comparte una tarea.
En el fondo, lo que más me impresionó de la película —y lo que para mí la resume— es algo que corresponde profundamente con el deseo que todos tenemos: vivir vínculos verdaderos, capaces de durar y, llegado el momento, capaces de dar la vida por el otro. Me vino inmediatamente a la mente el Evangelio: «No hay amor más grande que dar la vida por los amigos» (Jn 15,13).
En la historia que cuenta la película, ese amor se hace visible de una manera sencilla y concreta. Y por eso me resultó tan cercana: porque expresa, de forma casi intuitiva, algo que el corazón humano reconoce como verdadero.
Al salir del cine, me quedé con una gratitud inesperada. Fui a entretenerme y me encontré con una provocación sobre la vida, la amistad y la misión. Y, sobre todo, con un recordatorio de que el Señor sigue salvando el mundo a través de personas frágiles, acompañadas por otros que Él mismo pone en su camino.